Sillas de forja que resisten el verano, mesas con mosaicos que cuentan historias y bancos corridos donde la charla se estira como la tarde. La clave está en combinar robustez y ligereza para mover, barrer y regar sin complicaciones. Acabados envejecidos, maderas cálidas y patas con protecciones discretas permiten uso diario sin renunciar al encanto artesanal que hace reconocible cualquier rincón.
Lino y algodón lavables, colores albero y añil, rayas inspiradas en mantones y toques crudos que enfrían la mirada sin robar alegría. Las telas deben transpirar, resistir el sol y admitir lavados frecuentes. Cojines desenfundables, manteles que secan rápido y plaids ligeros para la brisa nocturna convierten el patio en sala de estar estacional, siempre preparado para visitas espontáneas o desayunos lentos.






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